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LOS CUATRO ELEMENTOS DEL FLAMENCO

Agua.

Como el agua, el flamenco fluye por las venas como los ríos que hieren la tierra, agua de luna que se lleva las penas y lava los pesares, agua inmemorial, caldo primigenio, que, como dijo el filósofo, es siempre la misma y siempre diferente, como el arte jondo. Nos bañamos en ese agua, sabia y atemporal, una y otra vez, esperando que su esencia viva para siempre en nosotras.

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Fuego.

El fuego primigenio, la antorcha que pasa de mano en mano e ilumina nuestras vidas por un momento, como un rayo que nos atraviesa el cuerpo. Todos somos llamas que arden por un instante y en esa breve combustión de placer y dolor le damos luz a otros, fuego eterno e inextinguible, desde El Planeta a Camarón, de Carmen Amaya a María Pagés, el mismo fuego, el mismo alma.

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Aire.

Aire que sale de los pulmones de los cantaores, como el fuelle de la fragua, aire que alimenta el fuego, aire en el que bailan los dedos del guitarrista, aire en que vuelan las manos de las bailaoras. Silencio, espacio vacío que recuerda quien lo ocupó. Lo que no suena también cuenta, el silencio define el compás.

Tierra.

Tierra sacudida por el agua, el aire y el fuego, tierra que te devuelve lo que le das o que te castiga árida, yerma e indiferente, lamento ancestral, parto de montañas que se resquebrajan, lo que nace, duele, quejío infinito que cruza los tiempos y los espacios. FLAMENCO.

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