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¿Dónde está la línea que separa la pasión del esfuerzo, el llanto, la risa, el logro, la decepción, etc.?

Yo no la veo, por más que he buscado en tantas ocasiones, no la veo.

Muchas veces, en mi día a día, me pregunto: ¿puedo hacer más?, ¿puedo hacerlo mejor? La respuesta, la mayoría de veces, por increíble que parezca, es afirmativa.

Trato de cuidar al máximo cada detalle en lo que hago, en lo que toco, en lo que imagino.

Cada mañana mi primer pensamiento está siempre relacionado con la manera de convertir el día que empieza en el mejor día.

En mis clases de la tercera edad, no marco como objetivo prioritario enseñar nuevos pasos de baile; sino hacer felices a cada una de esas personas, hacer que ese día cada uno de ellos se sienta querido, admirado, etc.

Cuando muestras éste como mayor objetivo, los resultados son increíbles; ves que personas de cierta edad, algunos de ellos incluso con restricciones físicas, se enamoran de lo que haces y se dejan llevar por ti; lo que se traduce directamente en aprendizaje.

De repente, todo se vuelve fácil y cómodo y esas memorias son más extensas de lo que decían convencidos, y esas restricciones son menos o son más leves de lo que creían. Sencillamente, se dejan llevar por la música y bailan.

 

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No hay más secreto que cuidar y mimar cada gesto, no hay más secreto que besarles, abrazarles. Ni más secreto que bailar con ellos.

Cuando veo lo orgullosos que se sienten mis mayores si acepto una invitación para desayunar con ellos; cuando me agarran la mano tan fuerte como para no dejarme escapar, y me dicen “vales millones” mirándome a los ojos, la fuerza de ese sentimiento es indescriptible; es entonces cuando todo cobra sentido.

Es entonces cuando no sé distinguir el esfuerzo, de la risa, o del llanto, etc. no encuentro esa línea.

En la escuela, con la gente más joven, (salvo expreso deseo) tampoco el convertirles en grandes bailarines es prioridad en mis clases; en este caso mi objetivo número uno es la diversión.

Trato con gente de entre 25 y 50 años, quienes llevan un ritmo diario bastante activo tanto físico como mental, cosa que trato de romper cada día.

Cuando ellos entran en el aula, deseo que la puerta sea un gran filtro por el que únicamente pasen ellos mismos; y que ningún problema o preocupación traspase ese cerco. Y lo deseo con todas mis fuerzas.

En éste rango de edad, hay personalidades muy distintas unas de otras, diferentes profesiones, costumbres dispares, gustos contrarios, pensamientos opuestos, al igual que también algunas coincidencias; pero finalmente cada uno de ellos es diferente.

Con ellos, dedico mi atención a que estén activos durante toda la clase, pero no el tipo de actividad que llevan en sus trabajos, sus casas, etc. Activos dentro del baile; es decir, me esfuerzo en transmitirles el baile y su aprendizaje como vía de escape al estrés, los problemas diarios, las posibles preocupaciones, etc. Pero siempre con alegría. Si por algo no me caracterizaría nunca es por ser la “señorita Rotenmeyer”.

Quizás, algunos piensen que siendo la persona más seria y recta del mundo consigues que los alumnos aprendan los pasos (cosa que yo dudo); pero si eso significa que los alumnos no estén contentos en el momento de aprender, no estén disfrutando del proceso de aprender, y no se estén riendo de sus equivocaciones, entonces prefiero que no aprendan un paso más. Prefiero alumnos contentos que dominen tres figuras, que no alumnos resignados y acatadores de órdenes que dominen diez figuras. No me interesa fomentar personas con más estrés, sino personas más divertidas, más relajadas.

 

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Los resultados también en este caso son magníficos: empiezan a verse personas más risueñas, más sociables, con menos quejas, más despiertos, más conscientes, etc. Esto se traduce en personas con más capacidad de aprendizaje, con lo que a su vez, cada vez son mejores bailarines.

También con ellos la recompensa en inmensa emocionalmente. Cuando accidentalmente escuchas decir entre ellos que hoy es su día de suerte o que les ha tocado la lotería, sencillamente porque les ha tocado bailar conmigo, es de una satisfacción personal a la que cuesta encontrar palabras que la describan.

Hoy por hoy, presumo de un grupo de alumnos los cuales forman una piña de amigos, sin importar sexo, edad, gustos, etc. que han sabido sacar todo lo bueno que hay dentro del aula, fuera de ella, y en la calle brilla ese compañerismo, esa amistad y ese buen rollo que ha nacido entre ellos, consecuencia de asistir a las clases de baile, donde encuentran sus espacio natural para evadirse y crecer.

Una vez más, me cuesta ver la línea que separa la dedicación, del esfuerzo, la diversión, lo equivocado y lo correcto,…

Cuando se trata de clases con niños, todo adquiere un baño multicolor. Ellos a pesar de ser el extremo opuesto (en cuanto a edad se refiere) del grupo de mayores, son también los más parecidos. Jamás ponen pegas, lo intentan todo con ganas, desean aprender más y más, viven con una intensidad sana, que puede con todo lo que se les plantea. Ellos son chispa, energía, vida en estado puro! ¡Todo lo que tocan se vuelve mágico!

De los niños no puedo explicar el secreto, sencillamente tengo el don de gustarles y es genial ¿Será porque soy yo todavía una de ellos? Sí, seguramente, porque la edad se lleva en el corazón, no en un documento.

Me encantan esos “locos”, me hacen sentir en mi salsa, nunca mejor dicho.

Si hablo de mis clases de baile nupcial, es otra historia, todo tiene un toque especial.

Cuando una nueva pareja llega hasta a mí, marco dos objetivos: el hacerles capaces de bailar una coreografía correctamente por un lado, y por otro el conseguir que el tiempo que van a estar conmigo, sea parte de toda esa ilusión que envuelve al proceso de preparación del gran día.

Con los novios, todo se tiñe de un color más sensible, más chispeante. Cada paso que aprenden a dar juntos, es mucho más que un paso de baile para ellos; ellos representan muy bien el significado del baile y es más fácil trabajar aspectos como la conexión, la mirada, la cercanía, etc., pues ellos tienen ahora todo esto a flor de piel.

Siempre preparo una coreografía exclusiva para cada pareja, después de conocerles y durante las sesiones la vamos desarrollando e incluso modificando conforme a la comodidad de ellos, pues es importante que ellos la vivan como suya. Así pues, formamos un equipo de tres hasta algunos días previos al gran día.

Cuando llega el momento de despedirme de ellos y dejarles “volar” solos, realmente me queda un sabor agridulce, pues por un lado estoy contenta con los resultados, su objetivo está cumplido: serán capaces de bailar maravillosamente y sobre todo lo disfrutarán al máximo; y por otro lado es inevitable sentir un punto de tristeza, ya que se acabó.

 

 

Todas las parejas que he preparado han sido a cual mejor en todos los aspectos, con todos ellos he reído, he llorado, he mediado, he bailado, etc. Como anécdota siempre me quedan muchas, las cuales me encanta recordar, pero hay una única: se trataba de una pareja originaria de Rumania, y cada vez que se reprochaban entre ellos los típicos “te has equivocado tú”, “me has pisado tú”, “no, has sido tú quien iba fuera de tiempo”, “a mi no se me ha olvidado”, etc., lo hacían en rumano y ¡con una intensidad y velocidad de vértigo! Y cuando eran conscientes, de repente paraban me miraban (yo ahí, entre los dos, pero un paso más atrás, alucinada, en innumerables intentos por pillar una pizca de sílaba de palabra) se reían a no poder más; al final oye, nos reíamos los tres, la situación era una estampa bastante graciosa.

Y en todas las parejas hay algo común: la magia que envuelve esas clases, capaz de meterse en la piel y emocionarte un día y otro día y otro día sin bajar en su intensidad.

Orgullosa me siento de poder contar que he estado presente en cada baile nupcial que he preparado, por petición de cada una de las parejas a las que he formado; a las cuales aprovecho desde aquí para agradecerles el hacerme partícipes y hacerme vivir ese momento con ellos, máximo momento de expresión de todo lo que hemos compartido preparándolo.

De nuevo, risa, llanto, esfuerzo, alegría, tristeza, etc. está todo mezclado, y no veo esa línea.

Lo que quiero transmitir en este artículo es, que hay dos formas de hacer las cosas:

  • de forma rutinaria y monótona, la cual te guía lentamente por un camino sin salida, o en todo caso con un final nada grato.
  • con alegría, con ilusión renovada cada día, con el mismo esmero en cada repetición, con una sonrisa en la cara, ¡con ganas! En este caso, andarás por el buen camino.

 

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Yo no puedo actuar en mi día a día si no es de la segunda forma. Yo me mezclo con mis alumnos, me río con ellos, lloro con ellos, voy donde me necesiten, bailo con ellos, salgo con ellos si así lo quieren, etc. No me basta limitarme a ser una estricta profesora dentro del aula y fuera de ella no ser nada.

La gente me define como pasional; y sí, cada día veo en mí misma que lo soy y mucho. No se hacer nada si no es con pasión, y creo que es uno de los principales ingredientes del éxito.

Quizás, la realidad sea que sí existe esa línea que separa lo bonito de lo feo, lo bueno de lo malo, lo alegre de lo triste, la risa del llanto, la diversión del esfuerzo, etc.; pero unos la ven y otros no. Yo no la veo, porque me parece que todo anda de la mano, considero que el llanto puede ser tan positivo como la risa, el esfuerzo tan gratificante como la diversión, lo malo tan educativo como lo bueno, lo triste tan emotivo como lo alegre, y lo feo de una rareza tan increíble que se convierta en belleza… Por eso yo no la veo, o ¿quizás no quiero verla?

Baile, pasión, dos de las palabras que mejor me definen.

María Bañón

Fotos: María Bañón

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7 comments

  1. MARIA BAÑON

    ESPERO QUE MI SEGUNDO ARTÍCULO APORTE ALGO POSITIVO A CADA UNA DE LAS PERSONAS QUE LO LEA.
    ESTA VEZ HE QUERIDO DEDICARLO A TODOS MIS ALUMNOS. GRACIAS POR VUESTRO CALOR Y VUESTRO APOYO!

    • Carmen

      Gracias María por tus palabras. La verdad es que yo tampoco se donde está la línea que separa el aprendizaje de la diversión. Contigo eso no existe, tus clases se pueden denominar así porque aprendemos, pero mas se podría considerar una reunión de amigos en las que, si, nos «filtramos» al entrar. Y esa unión la sabes llevar fuera de las clases, acompañandonos en todo lo que proponemos o propones. Sigue así María, porque de esa manera harás que todo el que se pase por tus clases, acabe amando el baile.

    • Agustín García

      Gracias a ti maría, desde que te conocí en el taller de la feria de septiembre, al ver tu pasión, dedicación y al sentir la energía que emitías, fue el aliciente que me faltaba para incorporarme al mundo del baile, y desde entonces, me ha servido como vía de escape del agobio y estrés que nos somete día a día la rutina, y puedo decir con la voz ALTA, que aparte de mi profe de baile, eres mi amiga y que con la buena armonía que hay en tus clases, has logrado que seamos una piña y una gran familia.
      Un abrazo familia…….

  2. MARIA BAÑON

    GRACIAS TAMBIEN A JOSEMA, DEL CENTRO YECFOR, POR ABRIR UNA PUERTA AL BAILE.
    Y GRACIAS A FRAN, POR CONVERTIR MDO CADA VIERNES EN UNA PISTA DE BAILE Y POR ACOGERNOS COMO LO HACES.

    • NAZARIO CORTES

      GRACIAS A TI POR TRANSMITIRNOS ESE AMOR POR EL BAILE QUE NOS HACE OLVIDAR LOS PROBLEMAS PERSONALES Y NOS DEVUELVE ( EN MI CASO) LAS GANAS DE SEGUIR LUCHANDO POR SER FELIZ.

  3. D.Albert

    Bravo!!!!! Muy sincero y profundo.

  4. Mayte

    Me encanta cuando dices que hay dos formas de hacer las cosas…»con alegría, con ilusión renovada cada día, con el mismo esmero en cada repetición, con una sonrisa en la cara, ¡con ganas!» porque es así como lo hago cada día, y sobre todo poniéndole esa pasión de la que hablas, pues es la clave del éxito. En entusiasmo en todo lo que haces y el esfuerzo, que más tarde se convierte en la gran recompensa, traspasando esa delgada linea…