Encuentro con Carmela Greco

…Y en un momento concreto de nuestras vidas nos encontramos con Carmela Greco. No sabemos si lo mejor de ese día fueron sus consejos con el mantón y el abanico, o bien lo que nos contó después…

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Alrededor de unos cafés, esta “señora del flamenco“ nos contó su relación con la música y la danza desde pequeña, como si fuera una más de nosotras, con el mismo amor y la misma pasión con los que nosotras, como aprendizas, nos dejábamos llevar un rato antes en su clase.

Nos habló de las grandes figuras con las que ella aprendió, y escucharla desgranar nombres como Alberto Lorca, el maestro Granero, Paco Fernández, Carmen Romero, Antonio del Castillo, Los Pelaos, Faíco o Nana Lorca no nos sorprendió, ya que ser hija de José Greco y Lola de Ronda llevaba implícito conocer a grandes nombres de la cultura española, que cualquier noche le pudiera contar un cuento para dormir un intelectual de la talla de Edgar Neville (¡pocos pueden decir algo así!).

 

Su infancia

Nos llegó al alma la forma tan deliciosa con la que nos describió, como si lo estuviera viviendo en ese preciso instante, transformada de pronto en una niña, a sus 57 años, aquellos días del verano marbellí, en la casa donde pasaba las vacaciones, escuchando música todo el tiempo, porque había bafles por todos los rincones. “Podía escuchar música en cualquier rincón de la casa”, nos dice.

Como sus hermanos Lola y José eran demasiado pequeños para jugar juntos, Carmela pasaba muchas horas sola, y se encontró con “una amiga maravillosa, que era la música”. Así, con sólo cuatro años, se imaginaba escenas, paseaba por la casa jugando, moviéndose con la música… se levantaba todos los días a la espera de encontrar nuevas melodías.

A los seis años fue consciente de que la compañía de su padre ensayaba en una de las salas junto a la casa. Y vio cómo los bailarines llevaban en las manos “algo que se llamaban palillos”, que sonaban, y consiguió que su padre le regalara unos… “¡rotos!”. Feliz estaba intentando hacer sonar aquellas castañuelas como podía, cuando un día salió una bailarina de la sala y se le acercó. “Se ponen así, el nudo por dentro ¿ves? Y se toca 1-2-3-4-5, así”.

Por miedo a no sabérselos volver a poner, pasó con ellos puestos todo el verano. “Me duchaba con los palillos, me bañaba con los palillos, comía con los palillos…” hasta que consiguió hacer “una intención” de carretilla y se la mostró a su padre.

“Pero eso está mal”, le dijo. Ella era zurda, y, sin pensarlo, la había trabajado con la mano izquierda. Seguramente cualquier otra niña en su situación habría abandonado, pero ella no: volvió a empezar.

“Ése fue el primer paso que yo di para darme cuenta de lo difícil que iba a ser mi vida artística. Fue como un anuncio de todo lo que me iba a costar llegar donde he llegado. Cuando tengo una dificultad y me siento acorralada, toco los palillos con la mano izquierda, para recordar”.

Fue consciente, pues, desde tan niña, que ella no bailaba por placer, sino “por pura necesidad”. Así que, pese a la negativa de sus padres a que se dedicara a ese oficio, por miedo a que pasara las penurias que ellos conocieron, nunca dejó de bailar. Ni ella… ni sus hermanos.

Su juventud

La segunda gran lección que aprendió fue de manos de su padre, cuando se presentó en el Corral de la Morería, donde, ya con veinticuatro años, estaba trabajando con su hermano. Tras verlos bailar les ofreció presentarse toda la Familia Greco en Nueva York. Carmela Greco no pudo comprender por qué ahora, y no antes: “si yo te hubiera ayudado, no serías la artista que eres ahora. Has pasado por fatigas. Tú has decidido que quieres esta profesión. Si yo te la hubiera dado, tú no habrías sido ni la mitad de lo que eres ahora…”

“Hoy en día creo que lo mejor que hizo mi padre fue eso”, nos cuenta, decidida.

 

Amor de Dios, “El templo de la danza”

Se formó con grandes nombres de la danza española, que ya mencionamos al principio.

Una vez entró en Amor de Dios, “el templo de la danza, donde hemos aprendido todos los flamencos”, nunca ha vuelto a salir. “Todos pasan por allí”, nos dice.

Antonia Mollá la animó a iniciar su camino como profesora, hasta el punto de poner ella misma el cartel de docente en Amor de Dios y pagarle el alquiler del estudio para que comenzara a impartir sus clases allí. Ella la convirtió en la profesora que es hoy día, y como maestra nos cuenta “vivo a través de mis alumnos”.

 

Japón

Japón representó una tercera lección para Carmela Greco, por decirlo de algún modo. Fue su refugio durante seis meses, cuando al fallecer su padre decidió apartarse un tiempo del flamenco. Allí aprendió que Japón “es especial”. El flamenco en Japón tiene su segunda casa. “Dentro de nada seremos nosotros los que vamos a ir a decir “por favor, ¿podéis enseñarnos algo?”. Son perfectos. Lo aman como nosotros, lo respetan más que nosotros. Verdaderamente sienten algo por el flamenco como no somos capaces de sentir nosotros.”

A partir de aquel primer viaje, hace ya quince años, ha vuelto todos los años. Ya no puede pasar sin viajar allí. El próximo mes de marzo volverá tres meses allí a trabajar.

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El futuro

El 22 de febrero, presenta en Jerez, con la Compañía de Marco Flores, el espectáculo “Entrar al juego“.

Y también nos habla ilusionada de su “proyecto estrella”, su seminario “Expresión del cuerpo y el alma“, que tendrá lugar entre el 17 y el 30 de Julio. Para más información pincha AQUÍ.

 

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Este proyecto lo ha venido madurando durante años. Ofreció, en 2014, el primer seminario de cante y baile flamenco en Amor de Dios. Tras el éxito cosechado, decide continuarlo y extender su duración a dos semanas, para introducir también el flamenco, la danza española y el folklore.

Los profesionales que llevan a cabo este seminario junto a Carmela Greco imparten clases, conferencias, talleres de maquillaje, exposiciones y, como colofón, organizan un espectáculo exclusivo para los alumnos participantes. Carmela se muestra muy ilusionada por llevar esta propuesta a Japón, Argentina, Chile y Estados Unidos.

Nos despedimos de una mujer que, pese a todo el trabajo realizado, todos los éxitos conseguidos, y los proyectos futuros que la ilusionan, nos cuenta que, por encima de todo eso está su familia, que es lo primero ahora para ella: su hijo, que ha sido su “mejor coreografía”, sus dos nietos, y su nuera, y que, cuando las cosas se ponen feas, sin dudarlo, coge unos palillos y los toca con la mano izquierda “para recordar”.

Se lleva de Alicante unos recuerdos muy agradables, “un paseo por la playa, por el puerto y toda la ciudad, una comida fantástica, esas fotos de los árboles que a mí me fascinan, con unas raíces que me recuerdan a las de mi propia familia, el reencuentro con María Dangla, mucha paz y el pasar un rato agradable con Tierra y Tacón.

Gracias, Carmela Greco, por tus enseñanzas, por tu maestría, por hacernos partícipes de tu historia, por tu existencia.

 

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Tierra y Tacón

 

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